Mandylion, siglo XII.

Frithjof Schuon

El Cristianismo consiste en que “Dios se ha hecho lo que nosotros somos, para que devengamos lo que El es” (San Ireneo); consiste en que el Cielo se ha vuelto tierra, con el fin de que la tierra se vuelva Cielo.

Cristo redibuja en el mundo exterior e histórico lo que tiene lugar, desde toda la eternidad, en el mundo interior del alma. En el hombre, el Espíritu puro se hace ego, con el fin de que el ego devenga puro Espíritu; el Espíritu o el Intelecto (Intellectus, no mens o ratio) se hace ego encarnándose en el mental bajo la forma de intelección, de verdad, y el ego deviene Espíritu o Intelecto uniéndose a este.

El Cristianismo es así una doctrina de unión, o la doctrina de la unión: el Principio se une a la manifestación, con el fin de que esta se una al Principio; de ahí el simbolismo de amor y la predominancia de la vía “bhaktica”. Dios se vuelve hombre “a causa de su inmenso amor” (San Ireneo), y el hombre debe unirse a Dios por el “amor” igualmente, cualquiera que sea el sentido — volitivo, emotivo o intelectivo — que se le dé a este término. “Dios es Amor”: él es — en tanto que Trinidad — Unión y él quiere la Unión.

Ahora bien, ¿Cuál es el contenido del Espíritu, o dicho de otra manera: cual es el mensaje de Cristo? Porque aquello que es el mensaje de Cristo es también, en nuestro microcosmos, el eterno contenido del Intelecto. Este mensaje o contenido es: ama a Dios con todas tus facultades y, en función de este amor, ama al prójimo como a ti mismo; es decir: únete — ya que “amar” es esencialmente “unirse” — al Intelecto y, en función o como condición de esta unión, abandona todo egocentrismo y discierne el Intelecto, el Espíritu, el divino Si-mismo, en todas las cosas. “Lo que hayáis hecho a uno de estos pequeños, me lo habéis hecho a Mi”.

Este mensaje — o esta verdad innata del Espíritu — prefigura la cruz, puesto que hay dos dimensiones, una “vertical” y otra “horizontal”, a saber el amor de Dios y el del prójimo, o la Unión al Espíritu y la unión al ambiente, visto, este, como manifestación del Espíritu. Desde un punto de vista un poco diferente, estas dos dimensiones están representadas respectivamente por el conocimiento y el amor: se “conoce” a Dios y se “ama” al prójimo, o también: se ama a Dios conociéndole, y se conoce al prójimo amándole.

Pero el sentido más profundo del mensaje crístico, o de la verdad connatural al Intelecto, es que la manifestación no es otra cosa que el Principio; y es este el mensaje del Principio a la manifestación.

En la práctica, toda la cuestión está en saber como unirse al Logos o al Intelecto. El medio central es la “oración”, cuya quintaesencia es el Nombre de Dios y subjetivamente la concentración, de ahí la obligación de invocar a Dios con fervor. Pero esta “oración”, esta unión de todo nuestro ser con su principio o con su fuente divina, permanecería ilusoria sin una cierta unión a nuestra totalidad, el “prójimo” universal del que nosotros somos como un fragmento o una parcela; la escisión entre el hombre y Dios no podría ser abolida sin que fuese abolida la escisión entre “yo” y “el otro”; nosotros no podemos reconocer que Dios está en nosotros, sin ver que está en los demás, y de que manera lo está. La manifestación debe unirse al Principio, y — en el plano de la manifestación y en función de esta unión “vertical” — la parte debe unirse a la totalidad.

Interiormente, si queremos comprender que el alma inteligente es “esencialmente” — no en su accidentalidad — el Intelecto o el Espíritu, debemos comprender también que el ego, comprendido aquí el cuerpo, es “esencialmente” una manifestación del Intelecto o del Si-mismo. Si queremos captar que “el mundo es falso, Brahma es verdadero”, debemos también captar que “todo es Atmâ”. Ahí está el sentido más profundo del amor al prójimo.

Los sufrimientos de Cristo son los del Intelecto en medio de las pasiones. La corona de espinas, es el individualismo, el “orgullo”; la cruz, es el olvido o el rechazo del Espíritu y, con él, el rechazo de la Verdad. La Virgen es el alma sumisa al Espíritu y unida a él.

La forma misma de la enseñanza de Cristo se explica por el hecho de que Cristo se ha dirigido a todo hombre, desde el primero hasta el último; no podía por lo tanto dar a su mensaje un modo de expresión inaccesible a ciertas inteligencias e ineficaz o incluso perjudicial para ellas. Un Shankara ha podido enseñar la pura gnosis porque él no se ha dirigido a todos y podía no hacerlo ya que existía la tradición hindú antes que él y esta tradición comportaba a priori vías adaptadas a las inteligencias modestas y a los temperamentos pasionales. Pero Cristo, en tanto que fundador de un universo espiritual y social, no podía dejar de dirigirse a todos.

Si bien es inadecuado reprochar a Cristo el que no hubiera enseñado explícitamente la pura gnosis — que él ha sin embargo enseñado por su venida misma, por su persona, su vida y su muerte y también por sus parábolas, sus gestos y sus milagros, — también es falso negar el sentido gnostico de su mensaje y negar así a los contemplativos intelectivos — es decir, centrados sobre la verdad metafísica y la pura contemplación o sobre la Inteligencia pura y directa — el derecho a la existencia y no ofrecerles ninguna vía conforme a su naturaleza y su vocación. Esto es contrario a la parábola de los talentos, y a la afirmación de que “hay muchas moradas en la casa de mi Padre”.

Todo el Cristianismo se enuncia en la doctrina trinitaria, y esta representa esencialmente una perspectiva de unión; la doctrina trinitaria considera la unión ya in divinis: Dios prefigura en su naturaleza misma las relaciones entre él mismo y el mundo, relaciones que, por lo demás, no son “externas” mas que en modo ilusorio.

“La Luz ha lucido en las tinieblas, y las tinieblas no la han comprendido”: esta verdad se ha realizado, — y se realizaa — en el seno mismo del Cristianismo, por el desconocimiento y el rechazo de la gnosis. Y es esto lo que explica en parte el destino del mundo occidental.


Frithof Schuon, texto inédito.