La “oración” culmina en el recuerdo constante de Nombres divinos, en la medida en que se trata de un “recuerdo” articulado. La Leyenda Dorada, tan rica en enseñanzas preciosas, contiene relatos que lo muestran: un caballero quiso renunciar al mundo y entró en los cistercienses; era analfabeto y, además, incapaz de retener, de todas las enseñanzas que recibió, otra cosa que las palabras Ave Maria; estas palabras “las guardó con tan gran recogimiento que sin cesar las pronunciaba para sí, fuese adonde fuese e hiciese lo que hiciese”. Tras su muerte, creció una bella azucena en su tumba, y en cada hoja apareció escrito con letras doradas Ave Maria; los monjes abrieron la tumba y vieron que la raíz de la azucena salía de la boca del caballero. A este relato podemos añadir unas palabras en lo que atañe a la «cualidade divina» del Nombre de la Virgen: quien dice Jesús, dice Dios; y assimismo, quien dice Maria, dice Jesús, de suerte que el Ave Maria — o el nombre de María — es el Nombre divino que más cerca está del hombre.
Frithjof Schuon, Senderos de Gnosis, Olañeta, España, 2002, p.135.







